Mucha gente se siente aislada. Apartada de los demás. Aún más, están rodeados de personas pero eso no les garantiza sentirse acompañados. A veces solo logran ser más conscientes de la soledad interior. Creo que todos necesitamos de todos. Y, si el tiempo se escurre y se escapa -a toda velocidad- por las hendijas de la existencia, más vale disfrutar el que queda en lugar de dilapidarlo con disquisiciones bizantinas. Cabe hacer un alto en el camino. Mirar atrás, mirar adelante y nunca olvidar que se trabaja para vivir, y no al contrario. La dinámica monótona e interminable del día a día, a veces, nos lleva a omitir las cosas que de verdad importan. Cuando las cifras nos presionan y el reloj nos apura acabamos perdiendo el contacto con las personas y, por ende, con los sentimientos. Entonces el reencuentro se torna vital. No solo con la gente; también con lo mejor de nosotros.

El reencuentro, al contrario de otras prioridades, crece en intensidad con el paso del tiempo. Sentarse a una mesa sin prisas. Navegar en el mar del pretérito, sin ahogarnos de melancolías. Militar en el presente y en la vida. Estar en el lugar que más nos guste y con los seres que más queremos. Recuperar la dialéctica de la aventura. Y sentir, otra vez, en la boca el sabor de los ideales; en la nariz, el olor de la primavera y el jadear de la respiración agitada; en los oídos, el lejano ruido de los cascos de los caballos trotando en el pavimento y, en el fondo del corazón, el latir de los utópicos planteos de los años de secundaria y de Facultad.

Pero, claro está, en definitiva hay que elegir, transitar y cerrar etapas para que después se abran puertas de nuevas oportunidades. Y, siempre, después de un tiempo hay cosas que deben morir para madurar y crecer. Nuevas historias que deben ser vividas. Es una cuestión de actitud, de tener en cuenta que la verdad siempre nos hace libres. No se puede existir en borrador. Los nuevos tiempos exigen compromiso, disposición, capacitación y decisión.